(Alguna cosita que de sopetón escribí hace un par de semanas y que quedó por ahí… ahora por aquí. Ojalá disfruten esta carta de saludo).
Renuncio. Categóricamente me niego a olvidar, también a no revivir. Me quedo con los que me mostraron la alegría. Compongo en mi fantasía esta imagen plagada de rostros; son los de ustedes, incondicionales amigos.
Me niego a olvidar tu tango, tus milongas. De Tabio no me alejo nunca más: allí el olor caliente de fermento, ya de pan ya de vino, de la noche a la alborada, tras cervezas corrimos. No me olvido de esos tintos, ni fuertes ni suaves, siempre charlados, nunca lejanos. Me niego a olvidar la montaña, sus caras, sus atardeceres, aquel amanecer nublado bajo. Me obligo, sin saberlo, a mantener en mente al primero de los hijos, al crío que con mirada de extrañeza observaba cada cara. A él que ahora habla, también ahora escribo. Un día, conversaremos sobre estas notas, y me dirás si Tabio tiene todavía los acordes de la guitarra de tu padre, de tu abuelo y los recuerdos de tus tías, siempre presentes en el corazón abierto, amable, de tu padre, de tu abuela, de tu pueblo.
No dejo partir nada de ustedes, padre y tío, que entre humo de cigarrillo y copitas de whiskey o de brandy, compartimos tardes bellas, tan lluviosas como luminosas. No olvido los tonos, la escucha, las pocas o muchas palabras de las historias que el otro contaba. Me quedo con los días siguientes a la ida, con el silencio de las casas, con la enseñanza de levantar espacios, de vivirlos y cargarlos: Kyef y Pacandé permanecerán siempre conmigo. De las historias juveniles, jamás contadas, guardaré mis intuiciones, quizás nunca elaboradas, quizás ya nunca en palabras. Las fotos y las grabaciones puedo incluso ________ (pasarlas por alto), pues no hacen falta para recordarlos.
De ti, madre hermosa, nunca olvidaré las mañanas; las caras cansadas, las sonrisas que como el sol que entra por la ventana llenan mis oscuridades con sosiego. Tus caricias, tus abrazos, tus mensajes, tus comidas, los jugos, los llamados, los regaños, la alegría. Cuando el trabajo es bello para mí es porque tú así lo mostraste. La labor constante, la mejor clave para hacer de nosotros mismos el ejemplo amable, la enseñanza sin fuetazo.
De mi hermano jamás dejaré partir de mí sus actos. Pocas palabras, pero con una acción libros de sabiduría escribes, te escriben. Tus luchas y cansancios, tus logros, tu voluntad por encima de ti mismo nunca fueron invisibles para mí. Todo esto guardo en el desvelo, a todo esto recurro en mi tristeza, en mi miedo, en la fragilidad de mis momentos.
En la soledad habitan con mayor presencia los recuerdos; por eso nos aterra, nos entristece. Está esta otra soledad de la no presencia de la no presencia, también de la tranquilidad. Ésta que ahora mismo viene mientras dejo testimonios de los recuerdos en la “permanencia” de la hoja, de la letra, que más que yo dura, que más que tú me mira, que más que el espejo me refleja. Que más que nadie sabe que es alegría lo que nos espera.
Esta hoja es el retrato que de todos ustedes, queridos amigos, hago en mi mente; entre neurosis quizás, entre tiempos pasados y futuros, salta y juega mi alma recordante, salta entre los vestidos, azul, morado, negro o rayado, con que tus ojos se adornaron, sin necesidad de ellos, y que, cadentes, hicieron que mis ojos fueran del cielo al suelo. Allí encontré una llaga, espero sane, como espero que este dibujo en el aire llegue a tu planta para que a aquellos vestidos digas que su belleza es tu deudora. Que cada una de sus arrugas en el suelo, que cada uno de sus pliegues en el aire es por ti y no por ellos.
En este dibujo los ausentes, los que las letras no alcanzan pero que el corazón extraña, que quiere, que tiene, que guarda. Nunca más un yo sin ustedes. Renuncio al vil olvido y cargo estas palabras como ahora ustedes las cargan.