Percepciones paradójicas

Con la mirada perdida hacia el centro de Bogotá, del que me alejo en un bus, voy pensando en los fracasos de la humanidad. En particular pienso en lo irracional que resulta mantener miles de personas dedicadas, día y noche, a entrenarse para matar. Junto a mis zapatos hay un par de botas negras que cubren el final de un pantalón camuflado. Resulta curioso que a los filósofos nos exijan justificación de nuestro quehacer. ¿Por qué no preguntarse, para comenzar, por la utilidad de estos asesinos a sueldo?
Consumen como cualquier otro, si no más. Están armados y sometidos a la autoridad del superior, que no es la ley. Satisfacen sus necesidades y deseos con el dinero que nosotros pagamos. ¿Qué es eso tan importante por lo que los mantenemos? ¡Ah, claro!, es por seguridad. ¿Seguridad respecto de qué? No nos aseguran contra las enfermedades, de hecho, son buen caldo de cultivo para éstas, especialmente las de transmisión sexual. Tampoco nos aseguran contra el poder destructivo de las fuerzas de la naturaleza. No nos aseguran viviendas, ni trabajos, ni salud, ni educación. ¿Libertad? Para comprar, si mucho.
Quizás, seguridad respecto a hombres con camuflados y pantaneras que consumen como cualquier otro. Seguridad respecto a hombres que están armados y sometidos a la autoridad del superior, que no es la ley; nos cuidan de hombres que satisfacen sus necesidades y deseos con el dinero que nosotros pagamos por rescates, bacunas, productos agropecuarios cultivados en zonas de su dominio, etc. Nos brindan seguridad, repite la retahíla mental. Seguridad para las mujeres en las zonas apartadas, para los sindicalistas, para los indígenas y sus niños, para los pobres de Soacha, de Ocaña, de Colombia. Ahí están las botas. Ya no veo el centro.
Le doy una oportunidad: miro su rostro. No despierta en mí nada salvo un poco de temor. ¿Por qué el Estado mantiene a tantos de estos botudos e invierte tan poco en la formación para la resolución pacífica de los conflictos? ¿Por qué hacer énfasis en la coacción de las armas y no en la del mejor argumento? Mientras estos miles de personas pasen su tiempo preparándose para el combate, y combatiendo; parados en las esquinas o montando a caballo en los cuarteles, y no estudiando las condiciones de racionalidad necesarias para dar el consentimiento a una propuesta, seguiremos esperando la guerra. Esperando lo que ya llegó, pero no se ha anunciado. Lo que está a la puerta y no toca; que aguarda para entrar violentamente en la casa.
Conmigo deja el bus este hombre robusto y grande. Camina adelante; golpea con ritmo las barandas con un gran bisturí. ¡Sí!, lleva en su mano un bisturí por la calle. Allí otras botas negras, otro pantalón verde olivo. Nadie ve. Nadie mira a nadie. Sólo ven a quienes no llevamos armas; están para los que saben no llevan nada en las maletas. Seguimos caminando. Lo dejo seguir adelante con su arma en la mano. Cruzo la calle.
Agachado, junto a unas canecas, está este otro hombre. Mueve con rapidez sus manos recogiendo desperdicios. Los pone dentro de la caneca. Miro sus manos y me encuentro con restos de comida. Arroz quemado, huesos de pollo relamidos, un pedazo de papa, otro de naranja. A éste nadie lo mira. Éste que deja la basura en su lugar; que separa lo que los acomodados cerditos de la clase media no separamos. Éste, que mantiene la tierra girando, que mantiene las aguas fluyendo y las nubes volando, parece invisible. Éste: Él; sí, él, no consume como cualquier otro, ni un poco menos. No está armado ni más sometido a autoridad que usted o yo. Él no satisface sus necesidades ni sus deseos, ni con nuestra plata ni con la de nadie. Él, que recoge con sus dedos amarillos de bazuco nuestros desperdicios, no tiene botas negras, ni zapatos. Él trepará los puentes y las montañas cargando a cuestas la injusticia que paga asesinos y empobrece a los amigos.

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