Cada vez que se escribe algo es un volver a escribir. A esta tarea la acompaña siempre la pregunta por su sentido, por su pertinencia. Escribir por escribir; porque tal vez se lea, porque a veces encontramos algo que hace tiempo escribimos y nos damos cuenta de que tiene sentido, como el sentido ajeno que descubrimos siempre que leemos. Como que siempre fuera ajena la escritura. Fijar hoy para extrañarse mañana.
Salía molesto hace un rato, 10 de la noche, sólo por dar un paseo: sentir el frío bogotano. Sólo por pasear, sólo por sentir, sólo por salir. Embebido en mis preocupaciones y quejas de la propia situación -tantos pendientes, tanto qué leer, tanto extrañamiento, tan extraño para mí mismo-. -Tantos trabajos por escribir, tanto extrañamiento, tan extraño para mí mismo-. Me quejaba y justificaba mis reclamos.
Entonces el portero del edificio me dice: “con usted no he familiarizado”. ¿?¿? Familiarizado¿?¿? Se agacha un poco y saca una bolsa de chocolates, me la tiende amablemente sonriendo: “coja uno”. “No gracias” (me apenaba recibirle algo que sé es un lujo para quien gana como portero). Pero luego entendí el gesto, la importancia, y accedí. Dijo entonces: “la compré para familiarizarme con los residentes”. Claro, es nuevo, está contento de tener su puesto, tiene familia e hijos, quiere buenas relaciones. Le explico que se lo daré a mi mamá, sabiendo por dentro que es para que no le dé otro, que los guarde, que los lleve a su casa, ya sobraron para sus hijos. Es inútil: somos más residentes que chocolates. No importa, él está sonriendo, sigue contento. Un poco de amabilidad, un poco de conductismo tal vez; pero su expresión es la donación. Pasará la noche en entresueños; como los 5 porteros más de este lado de la calle, como los 6 más del otro lado. Noche larga y fría, como todas. Por cada portería 3 vigilantes, una señora del aseo, cuando menos. ¡Cuánta gente! ¡Cuánta amabilidad! ¡Cuánta desproporción! ¡Cuánta injusticia!
Es curioso. Hace unas horas pensaba en que me gusta saludar diciéndoles sus nombres. No sólo “buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”. Es como salvar su singularidad, su historia -algo de ellos- casi nada y cada vez mucho al lado de la indiferencia. Con frecuencia fracaso. Detenerse ante la gente. Si hubiera tiempo suficiente. Cada día los propios afanes, los propios humores, los propios pensamientos obsesionantes de tantas lecturas por hacer, tanto por escribir, y tantas y tantas preguntas sobre la escritura. Tantas respuestas y tanta extrañeza. Y siempre ahí los nombres, que puedo decir, siempre el saludo posible, hoy el chocolate tendido sobre el mostrador; la persona tras él esperando, quizás también de entrada -o de salida-, su nombre.
Abrazos, lector, abrazos; a falta de nombre y chocolates.