Y está este reloj. Es grande pero liviano; está hecho de madera pero es más caja que sólido. Pende de la pared que da al oriente, la que se calienta con el primer sol de la mañana; la que el maíz de mi vecino cubre con su sombra desde la alborada hasta “las onces”. Entre dos ventanas pende este péndulo; su tic tac constante me fastidia en la noche y las doce campanadas son eternas e insoportables. Ahora pende sin utilidad. Le he robado la hora al reloj al no darle cuerda, voluntariamente. Sus agujas marcan siempre las cuatro y cinco, pero no sé si es una hora pasada o una hora por venir. ¿Puede ahora ser ésta una hora cualquiera?
De la casa de la abuela paterna pasó a mi tío. Mis tíos y mi padre crecieron con el acucioso tic tac; nunca les resultó molesto, hacía parte de ellos como este teclado pertenece a mis dedos. Fue de Bogotá a Tabio; allí estuvo orientado al sur, sobre una pared iluminada en las mañanas de los primeros meses del año. Quizás no. Y del noroccidente de ese bello valle que se abre entre montañas andinas, vino a esta pared de oriente, del relativo oriente. Esta tempórea y temporal herencia, fabricada antaño para medir el tiempo, ahora sólo se posterga en su ser inesencial, si es que permanece suyo; enajenado de su medir constitutivo; esperando el tiempo de medir el instante cuando aquel a quien las campanas angustian y no permiten soñar duerma ya sin escuchar. Quizás en el oriente y desorientado. De una casa descentrada que ahora sólo se posterga en su ser inesencial, si es que permanece suyo.